viernes, 23 de noviembre de 2018

Trabajar la ciencia ¿pero no la cultura?



La labor de nuestras instituciones de educación superior gira en torno a lo que se conoce como sus funcione sustantivas, a saber formación, investigación y extensión, estas tres funciones están circunscritas tanto a lo que denominamos ciencia como lo que llamamos cultura, por lo que la responsabilidad de trabajarlas recae en todos los integrantes de nuestras universidades.

He tenido la fortuna de publicar varios libros de diferentes temáticas, en esta tónica he podido sí, trabajar el área de conocimiento  propia de mi formación pero también aquella que identifico más con una parte cultural intrínseca de nosotros tanto como individuos como sociedad.

Respecto de esto último, en una ocasión alguien me cuestionó el por qué un libro reflexivo vivencial lo había desarrollado ya que no era propiamente del área de conocimiento a la que se está acostumbrado trabaje alguien que colabora con la educación superior, mi respuesta más o menos es la que expongo aquí.

Tomemos cualquier programa de cualquier materia de cualquier carrera de cualquier universidad y veremos algo en común: todas manejan cuatro aspectos que tienen que ver con la formación y que son los conocimientos, las habilidades, las actitudes y los valores.

Los conocimientos y las habilidades es algo con lo que no se tiene problema pues tiene que ver con el hacer y las materias buscan desarrollar el perfil profesional en este sentido, pero, el gran pero, es que las actitudes y los valores no tienen nada que ver con el hacer sino con el ser y en este sentido con la parte cultural, pero ¿cómo se trabaja esto?

La cuestión cultural como área de trabajo de nuestras universidades generalmente se ve como aquella dedicada a las expresiones artísticas, pero eso es acotar demasiado el término. Una acepción de la cultura en efecto está relacionada con las expresiones artísticas, pero otra se refiere a esos saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, incluyendo los medios materiales que usan sus miembros para comunicarse entre sí y resolver sus necesidades de todo tipo.

Si en la actualidad vemos una cultura, individual y social, expresada por corrupción, complicidad, simulación, una cultura de muerte y falta de respeto a las personas, a la sociedad y el medio ambiente, una cultura del aquí y ahora por encima de lo que sea, entonces estamos viendo un área desaprovechada por parte de las universidades y que forma parte de sus obligaciones ya que la cultura está enraizada en sus funciones sustantivas.

Ahora bien, este trabajar con la cultura, al menos con el referente que aquí estamos manejando, no puede dejarse para algunas materias (de nuevo: sobre todo materias artísticas), sino que debe, al igual que los conocimientos y las habilidades, permear todo el proceso formativo del alumno.

En este sentido la labor de todo aquel que colabora con la educación superior no termina con la transmisión del conocimiento o el desarrollo de las habilidades sino que debe también considerar el impacto en las actitudes y los valores, es decir la cultura, de los individuos y por ende de la sociedad.

En pocas palabras, y terminando mi respuesta, la función de quien colabora con la educación superior también tiene que ver con la cuestión cultural, así que cualquier producto que vaya en este sentido no desvía a quien lo hace de su función principal sino que al contrario permite que éste desarrolle esa función principal al máximo.

El liderazgo que buscan ostentar las universidades ante la sociedad necesariamente pasa por el reconocimiento que hagan estas de los compromisos y responsabilidades que como tales tienen ante la sociedad, compromisos que no solo tienen que ver con trabajar la ciencia sino también el aspecto cultural.

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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viernes, 16 de noviembre de 2018

Reconocimiento al desempeño académico universitario: ¿de inicio todos ignorantes o todos corruptos?



Las universidades públicas, como parte del incentivo para encauzar las actividades propias de su naturaleza, reciben recursos adicionales mismos que todavía pueden engrosar aportando recursos propios, para reconocer económicamente el desempeño de sus académicos. Este proceso si bien loable, pareciera que parte del supuesto erróneo de que o todos los que participan en un programa como este o son ignorantes o son corruptos, lo cual no es así y todavía más: puede mejorarse.

En una ocasión conversaba con un grupo de amigos sobre los diferentes programas de estímulos al desempeño que conocíamos en las universidades y veíamos la similitud en los procesos: los maestros recopilan la evidencia soporte del desempeño a evaluar, la someten a un dictamen y en virtud de eso se le asigna una compensación pecunaria. Todo bien hasta ese punto, o más bien, hasta el punto en que hice la siguiente observación.

¿Por qué tiene que revisarse el expediente que el maestro somete a dictaminación? –pregunté. Palabras más palabras menos (y yo resumí las diferentes respuestas que se me dieron), la contestación a lo anterior giraba en torno solo a dos posibles situaciones: o que el maestro no integrara correcta y debidamente el expediente o que de plano pusiera evidencias de cosas que no se hicieron y de resultados que no se lograron.

En el primer caso hablamos de errores al integrar el expediente o de mala clasificación de los documentos en él contenido, en el segundo de una situación que incluso pudiera rayar en el afincamiento de responsabilidades. ¿O sea que la revisión esa que se hace se da dado que se supone que todos o son ignorantes o son corruptos? –rematé.

Si bien la discusión se acaloró y las respuestas iban en un sentido de justificar la acción revisora, al final nadie pudo rebatirme que el supuesto que yo daba estaba mal, ya que si tienes que revisar todos los expedientes que los maestros entregan para acceder a los recursos adicionales que su desempeño puede otorgar, esta revisión solo puede ser o por qué crees que todos no saben cómo integrar correctamente un expediente (ignorancia) o de plano todos son corruptos y pueden poner cosas que no se hicieron o productos que no se lograron (corruptos). No hay más para donde hacerse.

Pero entonces, ¿la autoridad debe renunciar a la acción verificadora que como control se le asigna a todo proceso? Para nada, pero antes de llegar a ese punto quisiera ver el del sistema en sí. Si en verdad la crema y nata de la intelectualidad pensante (los maestros universitarios) cometen tantos errores como para justificar la revisión exhaustiva de los expedientes que integran, la verdad que el problema no está en ellos sino en el mismo sistema. La solución es un sistema claro, no burocrático, incluso amigable (ahora con las tecnologías es fácil hacer esto), quiero pensar que hasta interactivo que permita al maestro armar su expediente y antes de validar cada producto verificar que cumpla con los requisitos mínimos.

En cuanto al segundo caso, el de la falsificación documental, bueno antes que nada el revisar al 100% algo parte del supuesto contrario al de la buena fe, más sin embargo si partimos de la buena fe y la confianza podemos recibir lo que se entrega donde quien lo entrega expresa de manera incluso escrita que lo que integra el expediente es real y verdadero bajo pena de la responsabilidad que el mentir en esto pueda acarrear.

¿Y la revisión? La revisión no se cancela, pero se hace aleatoriamente con un entendido claro de la seriedad de ello, tanto para quien revisa como para quien es revisado. Obvio que para llegar a esto el sistema creado debe ser tal que no permita lo primero y la revisión busque dar certeza de que la autoridad no renuncia de su facultad revisora de control pero sin partir del supuesto de que todos o son ignorantes o son corruptos.

A veces la inercia con que se hacen las cosas nos lleva a estados donde al parecer damos vueltas sin lograr insertar aspectos de mejora, la cuestión de los procesos para el reconocimiento académico universitario es uno de ellos donde existen grandes área de oportunidad no solo para eficientar el proceso sino para re-dignificar a quienes en él participan.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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viernes, 9 de noviembre de 2018

Transparencia mínima ¡pero no más!



En ocasiones cuando abordo el tema de nuestras instituciones de educación superior, debo reconocerlo, me muestro crítico e incisivo respecto de ciertos comportamientos, perfiles y desempeño que observo y que creo no están al nivel de lo que ellas y la sociedad en que están insertas merecen, máxime cuando se ostentan como guías y líderes para mostrarnos como hacer mejor las cosas y como ser mejores personas, uno de estos puntos es el de la transparencia donde veo eso sí lo mínimo que se les exige pero no más.

¿Qué es un líder?, ¿cómo puede identificarse?, ¿qué lo define como tal? Sin duda alguna las respuestas a esto giran en torno a ese nivel de desempeño que le permite estar al frente de aquellos que desea liderar. Pues bien, en el caso de nuestras universidades, las mismas se ostentan y buscan se les considere como líderes del actuar comunitario, no solo por el cariz formativo que tienen sino también por cuestiones relacionadas con la solución de problemas o con la extensión de la ciencia y la cultura.

Si esto lo entendemos así entonces deberíamos esperar un máximo en sus comportamientos que incluso excediera lo que como sociedad esperamos o lo que de manera normativa se les impone, pero esto no es así, no al menos en la cuestión relativa a la transparencia.

A partir de que se reconoce el derecho a la información que todos como ciudadanos tenemos comienzan a darse una serie de reglas y ordenamientos para obligar a lo que se conoce como los sujetos obligados a presentar de manera automática información en sus portales y a estar dispuestos a entregar información adicional al solicitante de la misma cuando éste la requiera.

“Un estudio de hace 1 año indicó que el 65% de las instituciones de educación superior no definen en su normatividad los plazos para la actualización de las obligaciones de transparencia y el 46% no establece como obligación dar a conocer los contratos colectivos firmados con sus trabajadores” (http://revistaronda.mx/num471/profugos-de-la-trasparencia) , esta cifra sería suficiente para ver que ese liderazgo universitario, al menos en cuestión de transparencia, prácticamente brilla por su ausencia en nuestras universidades públicas.

Pero el reclamo no se circunscribe a esperar que cumplan nuestras instituciones de educación superior con los mínimos que la leyes les exigen (que por lo visto ya es mucho pedir) sino esperar que den ese extra informativo poniendo a disposición de manera normal y natural, casi casi en automático, otra información que se considere de relevancia para la comunidad, pero parece que ellas piensan diferente porque ni lo primero ni mucho menos lo segundo.

Entonces, ¿podemos llamar líderes a quienes ni siquiera cumplen con lo mínimo que se les exige? Es más, ¿podemos llamar líderes a quienes cumplen con ese mínimo (en el caso de transparencia ese mínimo legal) pero que no están dispuestos a dar ese extra que los defina como tales? Yo dudo de un liderazgo que tenga un comportamiento como éste.

La información adicional la determina las universidades, eso sí, pero también puede ser determinada por el usuario de la información en función de la recurrencia en que éste la solicita. De la misma forma cuando abordo este tema no me refiero solamente a la información que se presente sino también a transparentar al máximo los procesos internos de la universidad ya que, como he señalado en otras ocasiones, mientras más ojos ven menos probable es que se den malos manejos.

Yo sí creo en el liderazgo de las universidades, pero en un liderazgo que se gana día a día con un desempeño de excelencia en el hacer y de congruencia con el decir, la cuestión de la transparencia no es un una condescendencia que tengan las universidades para con la sociedad sino un derecho que todos los ciudadanos tenemos de acceder a lo que ella hace, en ese sentido ella como líder social debe maximizar la manera en que todos nosotros ejercemos este derecho.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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viernes, 2 de noviembre de 2018

Decisiones fundadas y motivadas



El devenir de la humanidad nos ha traído a un punto de la historia donde como sociedad nos hemos dado una serie de ordenamientos para regir de manera consensuada nuestra vida en común, esto no es ajeno a la vida de nuestras universidades pero parece tan lejano cuando las decisiones de las autoridades no presentan un fundamento normativo ni una motivación institucional.

Me ha tocado ver en varias ocasiones oficios, circulares y demás documentos con los que las autoridades universitarias dan a conocer decisiones que atañen a la vida de las universidades que francamente dan pena en el sentido que uno no sabe ni por qué ni para qué que se hace ni mucho menos con qué facultades se hace.

Dense una vuelta por los comunicados que sobre la vida universitaria hacen las autoridades en turno de las diferentes instituciones de educación superior y podrán ver que salvo honrosas excepciones, nunca presentan ni los fundamentos ni la motivación para ello.

Por fundamentos me refiero a los marcos normativos institucionales que facultan a la autoridad a tomar tal o cual decisión. Como todos sabemos, mientras que el ciudadano común puede hacer todo aquello que la ley no le prohíba, las autoridades solo pueden hacer aquello que la ley expresamente les faculte, en nuestras universidades es lo mismo: las autoridades por más superiores que sean solo pueden hacer aquello que la ley les ha facultado, de otra forma hablamos de un acto que excede su autoridad, violenta la vida institucional e incluso puede configurar una irregularidad sino es que un delito.

En el caso de la motivación me refiero a que, aún y teniendo las facultades normativas para tal o cual acción, se presente en la misma exposición de ideas los por qué y los para qué de ello, esto con el fin de dinamizar a la institución en pos de las ideas que motivan las acciones no solo para ser entendidas por todos sino incluso hechas propias para trabajarlas en conjunto.

Con esta estructura pienso en que un comunicado que pudiéramos pensar completo y correcto debería comenzar señalando aquellos lineamientos o directrices normativas sobre las cuales se va a sustentar ese actuar (acciones debidamente fundadas), posteriormente una exposición de ideas donde quedara claro el por qué y el para qué de la decisión que se va a tomar (sobre todo a la luz de la visión y misión institucional o de metas y objetivos estratégicos o específicos de la universidad), por último, la decisión que la autoridad toma.

Es muy fácil decir “hágase esto” o “hágase aquello”, pero no estamos en un juego donde no hay mayores consecuencias sino que quienes están a cargo de una institución de educación superior no solo tienen a su cargo la viabilidad del proyecto que se les ha confiado sino que muchas de sus acciones tendrán un impacto en la sociedad a la que se deben y en la que están insertos, en este sentido por lo menos lo que puede esperarse y/o exigirse, es que toda acción de la autoridad esté debidamente fundada (legítima y legalmente) en los marcos normativos universitarios y tenga una motivación acorde a la visión y misión institucional o al menos a metas estratégicas u objetivos específicos universitarios.

La presentación de decisiones debidamente fundadas y motivadas por parte de las autoridades universitarias permite al grueso de la población institucional cohesionarse alrededor de la idea planteada y empujar en un mismo sentido el quehacer institucional, de la misma forma permite entender de dónde se viene, hacia dónde se va y bajo que reglas del juego se hace eso.



Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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viernes, 26 de octubre de 2018

Horario para la docencia, investigación y extensión



Cualquier definición que obtengamos de lo que es una organización nos hablará, palabras más palabras menos, de una confluencia de recursos humanos, materiales y financieros encaminados al logro de metas y objetivos grupales, en ese sentido el tiempo dedicado a las actividades es un recurso a cuidar, pero en el caso de las universidades un recurso cuyo “cuidado” se vuelve tan flexible como la naturaleza misma de la actividad en que está endosado.

Con el advenimiento de la sociedad industrial una nueva concepción del tiempo se hizo presente: los horarios laborales. Los horarios laborales buscan optimizar los recursos con que cuenta la empresa, no solo en cuanto al tiempo sino incluso otros recursos que se ven afectados por esto y que le cuestan a la empresa e instituciones como luz, agua, teléfono, etc. La idea detrás de los horarios laborales es perfectamente entendible, pero también debe ser entendible la evolución que muchas actividades del ser humano han hecho y que afectan la concepción rígida de los horarios laborales, caso específico el de las universidades.

La función de la universidad ha evolucionado conforme las necesidades de la sociedad lo han ido haciendo. De un inicio meramente formativo ha avanzado a cuestiones de investigación (ahora incluso llamado a esto innovación) y de extensión de la ciencia y la cultura a la sociedad. La primera etapa formativa requería que quienes colaboraban con este proceso cumplieran un horario rígido pues tenían que estar en un lugar dado a una hora dada para cumplir esto.

Las actividades posteriores de investigación y de extensión flexibilizaron un poco esto pero aún persiste en la mente de muchas universidades la noción de un horario donde el mismo implique que quien trabaja en la universidad físicamente debe encontrarse en ella para realizar tal actividad, lo cual ya no es pertinente. Si incluso la actividad relacionada con la formación ha evolucionado en el caso de los procesos formativos asincrónicos para quitarse las cadenas del tiempo y del espacio, con más razón las otras actividades.

Esto no quiere decir que el maestro no dedique el tiempo por el cual la universidad le paga a desarrollar lo que está obligado, pero sí obliga a pensar más que en procesos en resultados.  La universidad debe moverse hacia nociones que impliquen evaluación de desempeños donde se refleje la productividad pertinente de quienes laboran en ella.

Los procesos de investigación y de extensión tienen un alto cariz de vinculación externa donde los horarios son establecidos con la contraparte con las cuales nos relacionamos, por lo que pensar en un horario donde la universidad dice y hace es prácticamente imposible de diseñar y mucho menos de seguir.

A lo que me refiero es que no se puede pensar en que la universidad tenga puesto el ojo y el control en un horario cuando todo va encauzado más bien a los resultados que ese horario debe dar. El pensar de la primera forma es concebir que el pago sea por las horas cuando más bien es por los resultados que las mismas horas laboradas arrojan. Horas que bien pueden laborarse en otro lugar que no sean las instalaciones universitarias, por ejemplo cuando hablamos de la investigación o la vinculación.

De manera personal creo que los únicos momentos rígidos en el horario en el sentido de la permanencia física de quien labora en una universidad en la misma son aquellos que se refiere a las clases cuando éstas son presenciales y a la atención a los alumnos, de ahí en fuera la flexibilidad de los mismos debe ser tal que permita al profesor investigador moverse libremente con la vista y el compromiso puesto en los resultados.

La cuestión de los horarios, o más bien como me gusta llamarlo: del recurso tiempo por el que a quien labora en una universidad le pagan, debe estar en función de los resultados que presente, siendo su permanencia física en la universidad tan flexible como las actividades mismas que realice.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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viernes, 19 de octubre de 2018

Carta Universia Rio 2014 (3 de 3)



Continuando con la declaratoria de los representantes de las Instituciones de Educación Superior que participaron en el III Encuentro de Rectores Universia Rio 2014, celebrado los días 28 y 29 de julio de 2014 en Rio de Janeiro, Brasil, y una vez comentado lo relativo a los temas de la formación continua del profesorado y el fortalecimiento de los recursos docentes, la garantía de calidad de las enseñanzas y su adecuación a las necesidades sociales, y la mejora de la investigación, la transferencia de sus resultados y la innovación, en esta ocasión comentaremos los últimos tres temas relacionados con: La ampliación de la internacionalización y de las iniciativas de movilidad, la utilización plena de las tecnologías digitales, y la adaptación a nuevos esquemas de organización, gobierno y financiación.

La ampliación de la internacionalización y de las iniciativas de movilidad. Este rubro reconoce que “la movilidad, resultado y motor de la internacionalización, requiere un compromiso adicional para remover los obstáculos financieros, administrativos y académicos existentes y, así, mejorar los niveles actuales y atender su creciente demanda, física y virtual, con una visión renovada que permita la captación neta de talento, favoreciendo tanto la movilidad intrarregional como con otras regiones universitarias del mundo”. Para lograr esto la Carta Universia Rio 2014 propone mejorar la “proyección, visibilidad y atractivo de las universidades  iberoamericanas”, fortalecer “los instrumentos y de la cultura de internacionalización en la institución y sus actividades, propiciando la participación en programas, redes y alianzas internacionales”, y explotar “las posibilidades de atracción de estudiantes, investigadores y profesores internacionales”.

La utilización plena de las tecnologías digitales. Este rubro reconoce que lLas tecnologías digitales están provocando un trascendental cambio en el escenario educativo presente, al tiempo de que genera profundas transformaciones e innovaciones, en ocasiones disruptivas, en los modos de generación, acceso, reproducción, transmisión y acumulación de conocimiento. Adaptarse a este proceso de cambio imparable constituye un reto ineludible para las universidades iberoamericanas que no han desarrollado todavía, con la profundidad requerida, una visión digital que abarque todo su potencial.” Para lograr esto la Carta Universia Rio 2014 propone “promover iniciativas orientadas a la investigación y el desarrollo de modelos de soporte y elaboración de contenidos educativos digitales; impulsar la formación continua con recursos en la Red; ofrecer servicios de investigación convergentes; diseñar políticas y programas de divulgación libre del conocimiento; disponer de recursos compartidos; desarrollar programas educativos abiertos en línea (MOOCs) y formar redes de conocimiento con una adecuada articulación de los procesos locales y globales que garanticen calidad y acreditación”

La adaptación a nuevos esquemas de organización, gobierno y financiación. Este rubro reconoce que “las universidades más sólidas y con prestigio internacional se caracterizan por una alta concentración y atracción de talento, abundantes recursos y financiación y una gobernanza flexible y profesional”. Para lograr esto la Carta Universia Rio 2014 propone “disponer de una moderna estructura organizativa, ágil, cualificada y responsable, con las más modernas técnicas de gestión y esquemas de dirección y administración, con eficaces sistemas de información para la toma de decisiones, y que incorpore procesos de mejora de los rendimientos de la actividad universitaria”.

Sin duda alguna que la ampliación de la internacionalización y de las iniciativas de movilidad, la utilización plena de las tecnologías digitales, y la adaptación a nuevos esquemas de organización, gobierno y financiación es un reto que las universidades deben asumir no solo para cumplir su rol de formadoras sino para incidir en la construcción de una sociedad mejor.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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viernes, 5 de octubre de 2018

Carta Universia Rio 2014 (2 de 3)



Continuando con la declaratoria de los representantes de las Instituciones de Educación Superior que participaron en el III Encuentro de Rectores Universia Rio 2014, celebrado los días 28 y 29 de julio de 2014 en Rio de Janeiro, Brasil, y una vez comentado lo relativo a los temas de la responsabilidad social y ambiental de la universidad, la mejora de la información sobre las universidades iberoamericanas, y la atención a las expectativas de los estudiantes, en esta ocasión comentaremos los siguientes tres relacionados con: La formación continua del profesorado y el fortalecimiento de los recursos docentes, la garantía de calidad de las enseñanzas y su adecuación a las necesidades sociales, y la mejora de la investigación, la transferencia de sus resultados y la innovación.

La formación continua del profesorado y el fortalecimiento de los recursos docentes. Este rubro busca ante todo corregir “debilidades en la conformación de los cuerpos académicos, en la proporción de docentes doctores, en la disponibilidad de recursos suficientes para la enseñanza, las infraestructuras y equipamientos para una docencia de calidad”.  Para lograr esto la Carta Universia Rio 2014 propone “contemplar sistemas rigurosos de selección del profesorado, organizar esquemas transparentes de promoción a lo largo de su carrera académica, contar con planes de actualización para docentes en servicio, promover su motivación y evaluación, incentivar la innovación en el uso de nuevos métodos y técnicas pedagógicas, fomentar el uso de tecnologías educativas vinculadas al entorno digital y ampliar la movilidad internacional del profesorado”.

La garantía de calidad de las enseñanzas y su adecuación a las necesidades sociales. Este rubro señala actuaciones orientadas en tres direcciones básicas (1) “procurar un equilibrio entre conocimientos, habilidades y competencias, incorporar metodologías interdisciplinares, facilitar la adquisición de destrezas profesionales, renovar los métodos de enseñanza y aprendizaje y extender el uso de las tecnologías digitales”, (2) “contar con instrumentos que permitan captar las demandas sociales, disponer de instancias eficaces para la inserción laboral de los titulados universitarios y establecer planes mejor definidos de formación continua”, y (3) “garantizar la calidad de las programas de estudios mediante esquemas y procedimientos de acreditación, organizados como servicios públicos a cargo de agencias independientes, dotados con estándares internacionales y criterios académicos rigurosos que actúen sin imponer una pesada carga burocrática a las universidades”.

La mejora de la investigación, la transferencia de sus resultados y la innovación. Con esto las universidades buscan “extender sus capacidades investigadoras, mejorando el rendimiento y la calidad de sus resultados y activando su utilidad en procesos innovadores y de transferencia” […] colaborando “entre sí y con todos las partes interesadas para utilizar el conocimiento como elemento de productividad y competitividad económica, de creación de riqueza y empleo, de innovación y cohesión social”. Para ello la Carta Universia Rio 2014 propone “crear centros de excelencia fomentando la movilidad de recursos humanos entre la universidad y la empresa; contar con políticas de protección y transferencia de los resultados de investigación e impulsar programas de colaboración internacional; y fortalecer las capacidades de innovación y de emprendimiento, la vinculación con la empresa y los programas de capital semilla y de creación de “spin-offs””.

Sin duda alguna que enfatizar la formación continua del profesorado y el fortalecimiento de los recursos docentes, garantizar la calidad de las enseñanzas y su adecuación a las necesidades sociales, y mejorar la investigación, la transferencia de sus resultados y la innovación  es un reto que las universidades deben asumir no solo para cumplir su rol de formadoras sino para incidir en la construcción de una sociedad mejor.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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